Seleccionado por Ale Bica alebica.blogspot.com

Fragmento de La Astrología como Ciencia Oculta. 1930. Editorial Kier. Oscar Adler

«La región de Fuego es, entre las cuatro regiones elementales, la más positiva, y representa el principio absolutamente masculino dentro de la naturaleza humana, el principio correspondiente al núcleo del «yo», o a la «voluntad». La voluntad es la manifestación de vida adecuada al yo. En la escala evolutiva de los seres vivientes, el ser humano es el primero de tales seres que se halla en condiciones de enfrentarse a un «no yo» con plena conciencia de sí mismo, como así también, de delimitarse en su cuerpo, frente a una «exterioridad»; es el primer ser viviente de la escala ascensorial evolutiva que puede llamar suyo un cuerpo físico, que, de acuerdo con esto, constituirá la correspondencia física de aquello que, vivido interiormente, se le manifiesta como un «yo». Y esta vivencia del yo es, en sí misma, el secreto más típico y verdadero de la naturaleza humana.»

«¿Es realmente en el hombre volente o volitivo donde lo que llamamos nuestro «yo» se revela de la manera más pura? ¿Es el «yo» aquella parte de nosotros que «quiere», aquella parte que podríamos, acaso, llamar portador autónomo de la voluntad?
El yo no está en el cuerpo, en la materia de nuestro cuerpo. Podremos cortar pedazos del cuerpo, y el yo permanecerá intacto; de modo que no es en lo corporal en que consiste la naturaleza del yo. Debemos decir de los miembros de nuestro cuerpo, pues, lo que señalaba Gautama Budda a sus discípulos: sin duda, este cuerpo me pertenece, es mi cuerpo, pero este cuerpo no es «yo», no soy yo mismo. Las leyes que rigen en este cuerpo la vida orgánica son exteriores a la esfera de mi yo.
Pero, ¿no estará mi yo en lo psíquico, en mis pasiones, deseos, dolores y placeres? No; pues también aquí hemos de reconocer que yo no soy eso, que eso no es mi yo. Todo deseo y afán es «padecer», es algo que sucede conmigo, algo que quiere dominarme, atarme, subyugarme, hasta, eventualmente, llegar a despojarme de mí mismo.
De modo que «eso» no puede ser «yo mismo».
¿Y qué ocurre con mi pensar? A lo mejor este pensar sea totalmente mío, de modo que, en lo cierto o equivocado en cuanto a tal pensar, deba decir: este soy yo mismo, esto soy yo. Y, en efecto, en los comienzos de la filosofía moderna nos encontramos con el hecho mental de la existencia de un hombre que dijo osadamente: cogito, ergo sum, pienso luego existo (soy). Si puedo dudar de todo, no puedo dudar de que dudo. Y esta evidencia, este hecho de duda, asegura irrefutablemente mi existencia.
¡Dudar! Pero, ¿dudar es «pensar»? ¿O es algo más que un mero pensar? Pensadores posteriores a Descartes han aducido, en contra de éste, el que su famosa frase, examinada a fondo, constituye un círculo vicioso; en realidad debió decir: «ello» piensa, pues el pensar como tal no contiene ninguna relación con el yo. ¿Acaso la lógica no es para el pensar una coerción de la cual ningún ser humano podrá sustraerse mientras piense «lógicamente», del mismo modo en que lo son los deseos en tanto no resistimos a ellos? Y, precisamente, si uno tiene que pensar que dos por dos son cuatro, y esta inducción es inevitable en el pensar, entonces podemos, en verdad, estar seguros de que mi yo no está en el pensar, pues el pensar me pasa por alto en su necesidad. De modo que mi yo no está en el penar; en cambio sí lo está en mi «dudar». La duda no es un pensar; es una oposición, es «mi» oposición a la coerción de una lógica que, aunque sólo vivida en mi cabeza, va por encima de mi cabeza y llega mucho más allá, «pasa de largo». Dos por dos también son cuatro «sin» mí. Pero la duda no puede existir sin mí. Es decir que Descartes debió haber sustituido en su frase el cogito por un dubito; dubito, ergo sum; no el «pienso, luego existo», sino el «dudo, luego existo».
Pues, en primera línea, la duda no es un hecho mental sino un hecho moral, es oposición, sublevación, contra una especie de coerción mental, es expresión del impulso de libertad de una voluntad, de la cual depende la sanción de todo conocimiento mental, estándose, pues, reservada a tal voluntad la última decisión.
Fue el filósofo Franz Brentano quién reconoció el carácter moral de todas las decisiones en la esfera de lo mental; Brentano hizo notar, con marcada agudeza, que todo «juicio», aun el juicio lógico más simple, no es en realidad más que la expresión de un juicio moral, pues con él se manifiesta lo que, por parte del sujeto que emite tal juicio, se «reconoce» o se «desecha» de un estado de cosas. Reconocer y desechar son actos volitivos en los cuales se incluye, con lo que acabamos de exponer, también la «última instancia» de lo mental. Aquello que resulte inconciliable con lo moral dentro de mí no puede ser verdad.
¿De modo que Descartes debió, finalmente, decir: volvo, ergo sum?
¡No! Una vez que se esté saturado de la certeza de lo volitivo (del volvo) se podrá suprimir tal flexión. En el volvo consciente se halla inmediatamente la autovivencia, la vivencia de sí mismo. Es por eso que también Schopenhauer ve en la voluntad el último y original sustrato de todo ser.
Actuar, padecer, pensar, sólo cobrarán relación con el yo por la voluntad. Por el volvo se elevan el «actuar», y el «padecer» y el «pensar» a la esfera de lo humano.
¿Y qué es la voluntad?
La voluntad es, en la mima medida que el yo, el secreto más profundo del ser humano.
Rudolf Steiner ha subrayado repetidas veces que, del mismo modo en que el yo del ser humano es captado sólo en los comienzos de su evolución, la voluntad se halla, en dichos comienzos, poco esclarecida por la consciencia. Y es así que comprendemos lo difícil o aun lo imposible que resulta diferenciar entre sí el desear del querer (volvo). Es crecido el número de seres humanos que sólo llegan a la conciencia de su «querer» cuando este querer ha llegado al «hecho», para conocer entones con asombro que lo que cobró realidad por el hecho no era en modo alguno su verdadera voluntad, esto es, que no habían «querido» ese hecho. ¿Cómo reconocemos, pues, cuál es la verdadera esencia de la voluntad?
Tratemos, por de pronto, de captar la relación del mundo de Fuego con los tres mundos restantes, tal y como se manifiesta a la conciencia del hombre. El hombre ve en toda ley física una voluntad actuante, cuya invariabilidad es precisamente la ley natural de expresión externa e irrevocable.
Y este hecho nos lleva en forma casi inmediata a establecer una analogía entre esta relación y la relación entre el mundo del Fuego con el mundo de Aire, el mundo de los pensamientos.
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Si el descubrimiento de las leyes naturales ya es de por sí una obra mental del hombre, ello no obsta para que, en la mente, algo se anticipe a esta obra mental, algo que se parece a una fe inmediata en el hecho de que, en general, pueda haber leyes. La ley presupone una fuerza capaz no sólo de dar dicha ley, sino también de procurarle validez irrefutable. ¿Y qué fuerza es esa, que no sólo acierta a dar a la naturaleza, sino también al pensar, su ley irrefutable, a dar y combinar entre sí las leyes naturales y mentales?
¿Quién confirió al pensar la ley de su consecuencia lógica, paralela a la de la ley natural? Si detrás de la invariabilidad de las leyes naturales, acierto a sospechar la existencia de una voluntad, cuya inflexibilidad garantiza la validez de aquellas leyes, tendré, consecuentemente, que sospechar la existencia de una voluntad igualmente inflexible detrás de las leyes del pensamiento, como garantía de la verdad, contra la cual puede, sin duda, sublevarse la mente, pero la cual sublevación concluirá por resultar tan impotente como la oposición a las leyes naturales.
Y es, con todo, a partir de tal oposición, y de la superación de la misma, que parte la vivencia del «yo», porque en esta vivencia se revela la característica fundamental del yo, a saber: la fuerza moral revelada en el reconocimiento o en el rechazo, la fuerza moral de la decisión.
Pero del mismo modo en que todo conocimiento dirigido a la naturaleza ha de resultar fallido no bien desconfíe de la invariabilidad de una voluntad que lo sustenta, también el conocimiento mental, en tanto que desconfíe de la invariabilidad de la lógica, fallará por completo, fallará en cuanto deje de confiar en la fuerza directriz suprema, fundamental, de todo pensar, de la verdad, en las fuerzas directrices que, sin duda, aparecen dentro del pensar, pero que no pueden haberse originado en virtud de este pensar; y, a su vez, este pensar no es otra cosa que la confianza moral en una voluntad suprema invariable, que es la ley misma, de una confianza en la voluntad de Dios, cuyo eco en la consciencia del individuo aislado ya no es el mero «saber», sino la medida patrón intangible del saber: la «conciencia».»

«Si ahora nos preguntamos por la relación entre el mundo de Fuego y el mundo de Aire
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resultará evidente que todo encuentro con el «yo», y con él, la voluntad, la voluntad se expresa en una especie de credo, de confesión, de profesión de fe que señala la dirección al pensar; nadie puede reconocer nada que no esté dado por la dirección de este credo. Y es por eso que también aquí cualquier decisión, tal como, según Brentano, se manifiesta aun en el «juicio» más sencillo (por ejemplo: «llueve»), se convierte en un juicio moral, en una profesión de fe detrás de la cual se halla, como fuerza orientadora, nuestra participación de la voluntad conjunta, esto es, nuestro sujeto moral.»

«De la misma manera en que las formas contempladas en lo mental pudieron ser consideradas como arquetipos de aquello que, en la esfera de lo físico, se hace visible en calidad de «forma» tocada del color de la materia, también los deseos y las pasiones constituyen una especie de coloración terrestre de aquello que, en el reino de la voluntad pura, representa el arquetipo de todos los deseos. Y del mismo modo en que las formas puras sólo se estampan en la matriz material, apareciendo, de acuerdo a esto, únicamente, como una especie de negativo, los deseos y las pasiones no son más que una especie de negativos psíquicos en la esfera de la sustancia psíquica, de índole femenina. Y así como la materia, unida a la cual aparecen las formas en el mundo de la materia, obedece a las leyes físicas, y la forma se halla, en cambio, más allá de tales leyes, subordinada como está a leyes mentales, así también la voluntad, que aparece en el mundo psíquico en el sombrío reflejo de los deseos y las pasiones, está, en realidad, más allá de las leyes que dominan la vida psíquica, sometida como está –la voluntad–, exclusivamente, a la ley moral.
Los deseos y las pasiones mueren al ser satisfechos; la voluntad es inmortal. Es por eso que, en realidad, todos los deseos son amorales y «sin conciencia», como emanaciones de la voluntad caídas a la temporalidad, y allí desbaratadas, despojadas de su poder. Esto vale tanto para los «malos» como para los «buenos» deseos, pues tanto los unos como los otros apuntan a la satisfacción de sí mismos, a satisfacciones que deben tener lugar sin participación nuestra y, con ello, sin nuestra responsabilidad. Quien duda de la naturaleza amoral de tales deseos que compare el desgaste de energía moral que se produce en los millones de seres que desean los «buenos días» y las «buenas noches» al prójimo, con el desgaste de energía de aquel que aporta de sus propias fuerzas algo para deparar al prójimo realmente un «buen» día o una «buena» noche.
La diferencia fundamental entre el desear (amoral) y el querer (volvo) consiste en que los deseos, sin excepción, están vueltos hacia el pasado, pues su contenido apunta a liberarse de un estado de insatisfacción, de dolor o de sufrimiento, sin poderse aportar para tal liberación la propia fuerza. «Desear» significa vivirse a sí mismo en la tragedia de lo inexorable, sin reunir la fuerza suficiente para liberarse.
Todos los deseos se orientan al logro de objetivos temporales. En cambio la voluntad es intemporal, puesto que se orienta hacia el eterno futuro.
El «querer» (volvo) se orienta al futuro, y es la fuerza sustentada por la fe, que permite resistir a las tentaciones provenientes de lo psíquico, que tratan de atar tal «querer» a satisfacciones efímeras, pasajeras, la fuerza que permite resistir tales tentaciones en favor de la eternidad, del mismo modo en que la forma resiste a la materia. Sólo quien sepa resistir a sus deseos sabrá lo que significa el «querer», la voluntad. Y siéndole, pues, ya posible vivirse a sí mismo, en esta energía dirigida contra los deseos, el hombre habrá llegado cerca del mundo del Fuego, del mundo en que ya no hay dolores ni tristezas, sino tan sólo la alegría de un vivir que hasta triunfa de la muerte.
Es por eso que el Hombre de Fuego es, bajo cualquier circunstancia, un hombre alegre, un optimista, al contrario del Hombre de Agua, que es un pesimista, un hombre dolido. Pues el Hombre que actúa según sus pasiones e instintos no puede menos que sentirse triste al darse cuenta de lo que ha podido llevar a la realidad a partir de tales motivos, y tener que soportar, cobrada tal consciencia, el dolor de no poder estar en modo alguno de acuerdo con lo hecho. Todo lo que hacemos impulsados por la pasión, por más que, en el momento de hacerlo, parezca brotar de la manera más viva de nuestro propio núcleo esencial, aparecerá luego, en el recuerdo, como una triste derrota de nuestra condición humana. En cambio, al actuar, no por coerción instintiva, sino por la voluntad consciente, nuestros actos irán acompañados de un sentimiento de alegría, en que el placer de la propia valoración se renovará de continuo en la defensa de la dignidad humana, frente a todo lo que amenace destruirla.»

«El Hombre puramente volitivo que tenemos ante nosotros se siente de continuo impulsado hacia adelante por una fuerza interior que en modo alguno le aparece como un «tener que hacer», sino como un «deber hacer». Es por eso que su vida se halla constantemente situada bajo la voz interior de imperativos con los cuales se identifica, o contra los cuales se rebela, exigiendo un imperativo más elevado. Sea como fuere, en todos los casos se sentirá como el encargado del cumplimiento de leyes dictadas por un legislador superior a él.»

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