FUNDAMENTACIÓN GENERAL DE LA ASTROLOGÍA

Este es el primer capítulo de la obra de Adler publicada en ed. Kier como «La Astrología como Ciencia Oculta», si bien su título original en alemán es «Der Testament der Astrologie». Este libro contiene las conferencias que fueron pronunciadas entre 1930 y 1938 en Viena, ante un pequeño círculo de discípulos. Como su autor -que al igual que Marsilio Ficino era músico, médico y filósofo- aclara en el Prefacio, «se trata de la obra de un investigador destinada a quienes también sean investigadores, esto es, a quienes se sientan con la aspiración a adquirir conocimientos que les permitan ver hondo en el sentido de su existencia dentro de la inconmensurable e inconcebible grandeza de este universo»

Primera conferencia

“Si el ojo no fuese solar
el sol no lo contemplaría.”

(GOETHE – PLOTINO)

Nos hemos reunido para penetrar conjuntamente en el estudio de una de las ciencias más antiguas con que cuenta la humanidad. En torno de esta ciencia se tiende desde los tiempos más remotos un nimbo de santidad. Y ello no sólo ocurre por el hecho de que el objeto de esta ciencia abarque literalmente todo lo que existe, sino también porque aquella ciencia o, más propiamente, aquel «saber» no se originó como producto de investigación minuciosa, como producto de experiencias trabajosamente acumuladas, sino por una especie de «revelación» cuyas hipótesis eran de índole muy distinta, de índole mucho más íntima que todo aquello que hoy día suele llamarse investigación científica.

De ahí que el principiante deba tener presente que, al iniciar este estudio, penetrará en una esfera del conocimiento que, por su carácter, pertenece enteramente al terreno de las ciencias ocultas.

Para aclarar esto, comenzaremos por intentar una definición imparcial de aquello que llamamos «astrología».

La astrología es el estudio de las relaciones cósmicas, universales e indestructibles, de todos los acontecimientos, especialmente de los acontecimientos humanos sobre la Tierra tomados estos acontecimientos humanos, esta «existencia» humana, juntamente con la historia de su evolución, no sólo en sentido general, sino también en el sentido de la existencia particular del individuo y su historia con los sucesos exteriores y los sucesos que confieren su contenido a la vida subjetiva, esto es, el dolor y el placer, el temor y la esperanza, el amor y el odio, el error y la verdad, el nacimiento, la enfermedad y la muerte, o, para decirlo en una palabra, el «destino» del ser humano.

De esta definición se concluye que una ciencia como la astrología no podrá seguir el método que adoptan las ciencias físicas de nuestra época; más aún, en una época como la nuestra, ni siquiera podría haberse originado una ciencia del tipo de la astrología. Las ciencias físicas siguen un método diametralmente opuesto al de la ciencia que acabamos de definir.

Las ciencias físicas no parten de la idea de una relación cósmica universal que supere las relaciones particulares, sino que lo hacen del fenómeno y de la observación particulares, yendo, en consecuencia, de lo particular a lo universal y tratando en lo posible de verificar por el experimento los resultados de la investigación, esto es, reemplazando el material que se obtuvo de la experiencia física por un material artificial inalterable, destinado a demostrar la exactitud de los conocimientos obtenidos por aquella investigación de la naturaleza. Es evidente que una ciencia de este tipo jamás podría desembocar, ni aun en sus consecuencias últimas, en los fundamentos de la astrología tal y como los hemos definido, pues el método de investigación de esta ciencia penetra progresivamente en el detalle, no pudiendo jamás decirse que llegue a su término, de modo que el experimento hallaría en este caso dificultades insuperables.

Pero, por otro lado, nos encontramos con el hecho singular de que precisamente en nuestros días las ciencias físicas comienzan a ocuparse del conocimiento astrológico; investigadores plenamente imbuidos del espíritu de las ciencias físicas vuelven la atención a aquellas doctrinas antiquísimas, para incluirlas, en cierto sentido, en la esfera de sus conocimientos científicos de carácter exacto.

Es así que vemos originarse hoy día una especie de astrología de las ciencias físicas que quisiera negar rotundamente que procede de las ciencias ocultas y que, dentro del cuadro de las ciencias de nuestro tiempo, presenta una especie de carácter bastardo, imposible de ser incluido ni en el marco de la ciencia moderna ni en el de la remota ciencia «sagrada».

No cabe duda de que las causas que llegaron a conmover la posición hasta ahora intransigente de la investigación «rigurosamente científica» habrán sido de peso.

Las ciencias físicas se encuentran en nuestra época en una fase crítica de su desarrollo, que yo llamaría «crisis de la noción de causalidad». El primer paso hacia esta crisis lo dio, como sabemos, el filósofo inglés David Hume, al hacer notar que la causalidad o la relación de causa y efecto no puede ser percibida por la observación objetiva, sino que solamente puede sospecharse su existencia. Sólo percibimos series o consecuencias de fenómenos, jamás relaciones causales en sí mismas. Las relaciones causales las incluimos dentro de aquellas series de fenómenos. ¿Tenemos derecho a sostener que tan siquiera existen las relaciones causales?

Este difícil problema de carácter gnoseológico, que al comienzo no ocupó más que a los filósofos, ha penetrado ya en la esfera de las ciencias físicas y ha dado origen a lo que estas ciencias llaman orgullosamente su «exactitud», la cual, empero, en lo esencial, se basa en la prescindencia absoluta de toda causalidad.

Creo que es este el lugar adecuado para dar una idea del camino que llevó hasta aquel punto critico, basándome para ello en la exposición del francés Augusto Comte. Este filósofo reconoce tres etapas en el desarrollo de las ciencias físicas.

La primera etapa, que en cierta medida se origina en la infancia de la humanidad, es la «teológica». El hombre sospecha que detrás de los fenómenos de la naturaleza obran espíritus o demonios invisibles al ojo físico; estos espíritus o demonios manifiestan su existencia por medio de los fenómenos que tienen lugar en la naturaleza. Júpiter arroja el rayo, Júpiter tonante lanza el trueno, Jupiter pluvius hace llover, las deidades fluviales mueven las aguas, las dríadas determinan la vida y el crecimiento de los árboles, Eolo sopla los vientos, Vulcano forja el metal en las profundidades del fuego terrestre.

Esta etapa infantil (que Tylor llama «animismo») desemboca en una segunda etapa: la de la adolescencia de la humanidad. Augusto Comte llama a este grado de desarrollo del conocimiento científico de la la naturaleza, el «estadio metafísico». Los demonios desaparecen de la mente humana, ya algo más madura, y en su lugar aparecen las «fuerzas naturales».

Pero ¿qué se ganó con el cambio? Nada más que una sustitución de denominaciones. El calor, la luz, el sonido, la electricidad, el magnetismo, la gravedad, etcétera, no son más que otros tantos nombres de aquello que antes se llamaba «demonio»; y tales nombres son tan invisibles como lo eran los demonios que había detrás de los fenómenos de la naturaleza; es decir que las «fuerzas naturales» también están «detrás» de los procesos físicos que representan lo puramente real. Hubo que reunir, pues, el valor suficiente para borrar todo esto, para sacrificar aún este último resto de metafísica con que la humanidad quiso salvar su credulidad infantil al pasar a la etapa de la adolescencia.

Creer en la existencia de esas «fuerzas naturales» es seguir rindiendo culto a una teología disfrazada, a una metafísica «prohibitiva».

Es de este modo que la humanidad llega finalmente a su tercera etapa, al estadio maduro de la ciencia positiva o exacta. Lo que caracteriza a estas ciencias positivas y les confiere a la vez su valor de exactitud es, como ya hemos dicho, la prescindencia total de que hacen gala con respecto a cualquier tipo de metafísica en el sentido que acabamos de exponer o, para decirlo más sencillamente, en la prescindencia de todo resto de antropomorfismo, de ese antropomorfismo que, en realidad, constituye el fondo de toda causalidad o de toda necesidad causal. El ideal de la objetividad completa se alcanzaría únicamente en el momento en que se pudiera eliminar al sujeto observador.

¡De modo que estamos en la misma! Las ciencias físicas ven limitadas sus funciones a la «descripción lo más sencilla y completa posible de los procesos naturales» (Kirchhoff, Mach). De modo que, en una palabra, aquellas ciencias llegan a constituirse en una estadística lo más sumaria posible de los procesos físicos. De ahí que haya que tener presente que todas las teorías que se originan en la aspiración a establecer relaciones entre los elementos que componen el material estadístico, para satisfacer la necesidad causal, no pueden tener más valor que el de una «mnemotecnia» destinada a facilitar el dominio sobre el material estadístico. Lo que llamamos ley física no es más que el compendio mnemoeconómico, por medio de fórmulas memorísticas, del mayor número posible de series de fenómenos.

Pero sabemos que el destino de toda estadística es el de no poder dar jamás un cuadro completo de la realidad. Es así que asistimos al curioso espectáculo que brinda una ciencia física que querría menospreciar a la astrología por su calidad de ciencia oculta, pero que no vacila en abrir a esta ciencia las puertas en tanto la astrología renuncie a toda pretensión que no sea la de constituir una mera estadística de los acontecimientos cósmicos y su coincidencia con los procesos terrestres y aun con los procesos humanos.

Pero no es esta la «astrología» que vamos a estudiar nosotros. La verdadera astrología jamás fue una estadística. Su sentido más peculiar el de penetrar en las relaciones cósmicas del acaecer terrestre no podrá obtenerse por ese camino. El único método que nos llevará a nuestra meta es el propio de las ciencias ocultas.

¿Que es la «ciencia oculta»? ¿Qué significa esta denominación y qué nos ofrece su contenido?

La denominación de ciencia oculta no responde únicamente al hecho de que el contenido de tal ciencia haya sido un secreto, un conocimiento que había que «ocultar» a quienes no formasen parte de una cierta minoría de «elegidos»; más aún, ni siquiera es esta la causa principal que llevó a aquella denominación. Lo que determina que esta ciencia sea «oculta» es el hecho de que la fuente cognoscitiva de que proviene tal saber se encuentre en el misterio de la «interioridad» del propio ser humano; sólo al descubrirse esa fuente, al encontrarse el acceso a ella, se comienza a revelar una esfera del saber que, en última instancia, se basa en la premisa del «ser uno con todo lo existente».

Es de este modo que, por su propia índole, este saber seguirá siendo oculto, pues en todo caso no será más que un saber inmediato y, por lo tanto, incompartible, pues el sujeto cobra «conciencia» de algo cuando acierta a conocer o al menos a reproducir ese algo a partir de la propia fuente. En cuanto el saber oculto reviste carácter de «comunicación», deja de ser un saber «oculto».

Se suscita ahora la cuestión de si un saber originado exclusivamente en la interioridad puede tener la pretensión de revestir carácter científico. ¿Qué criterio puede haber para demostrar que todo lo que constituye las ciencias ocultas no es en última instancia más que producto de la imaginación en el sentido genuino de esta palabra?

Pensemos en qué radica el carácter de la ciencia o, más aún, del método científico. ¿Qué valor «científico» tienen las ciencias físicas?
Según Ernst Mach, el conocimiento científico no se distingue del conocimiento vulgar por su carácter, sino porque los conocimientos que se obtienen por la ciencia configuran un conocimiento ordenado, sistemático; en cambio el conocimiento vulgar es un conjunto desordenado de conocimientos. Las ciencias físicas son experiencia económicamente ordenada o, más precisamente, mnemoeconómicamente ordenada. Pues bien, no es muy distinto lo que ocurre con las ciencias ocultas. El conocimiento científico oculto se distingue del conocimiento vulgar oculto por el hecho de constituir aquél un conocimiento sistemático. Sólo que el orden de ese conocimiento es muy distinto del orden del sistema de las ciencias físicas, como veremos más adelante.

Para decirlo en pocas palabras: hay un conocimiento oculto de carácter vulgar, cotidiano, que es tan importante y se halla tan difundido a la vez que es patrimonio de cada cual como la percepción sensorial común. Este conocimiento vulgar oculto, que sólo puede originarse en las profundidades de nuestra más íntima y secreta interioridad, está dado por la revelación del «ego» dentro de nosotros, por el «saber» acerca del hecho de nuestra individualidad; y este saber es, al igual que todo saber de carácter oculto, inmediato e incompartible. El ego de todo ser humano, juntamente con todo lo que ese ego pone en movimiento y cumple, constituye el secreto de ese y sólo ese ser humano.

Pero en contraposición a ese ego inmediato, a ese ego que alberga nuestra interioridad, nos encontramos con el mundo objetivo, eternamente extraño a nosotros, sólo perceptible desde fuera; y dentro de ese mundo objetivo está el «tú», también extraño y eternamente separado de nosotros, sin que jamás lleguemos a tener la posibilidad de penetrar en su interior, como nos lo revelan los versos de Albrecht von Hailer:

«No hay alma a la que entregue su ser Naturaleza.
Feliz de aquel que llegue a verle la corteza.»

Pero si pudiéramos penetrar en la naturaleza como en nuestro propio «yo», entonces tendríamos también del mundo «exterior» un saber oculto, íntimo, que respondería a la aspiración que desde tiempos inmemoriales fue propia de los seres que buscaban la luz, como, por ejemplo, el Fausto de Goethe:

«Para saber qué es lo que el mundo
contiene allá en lo más profundo,
atiende al germen y sus fuerzas
y en huero hablar no te retuerzas.»

¿No habrá, en verdad, ningún puente que una la interioridad con el mundo exterior? Y en consecuencia, ¿no será el saber oculto mera imaginación?

No.  Pues la verdad es que existe el tal puente y que cualquiera de nosotros puede trasponerlo. Hay «algo» que tiene la particularidad de sernos accesible, del mismo modo en que nos son accesibles las cosas exteriores y que a la vez se nos da del modo exclusivo en que se nos da nuestro propio yo. Y ese «algo» es nuestro cuerpo.

Bien es verdad que veo a mi cuerpo «allá afuera», como cuerpo entre los otros cuerpos, participando de las leyes físicas resultantes de la investigación científica de las ciencias naturales exactas; pero no es menos verdad que ese cuerpo es «mi» cuerpo, unido a mi propio yo, y que si me entero de lo que me muestra la física como objeto de «exterioridad», ello ocurre en la medida en que se refiere a mi propio cuerpo, esto es, que me entero de ello como de una «interioridad», de un «algo» que vive dentro de mí a la vez mental y psíquicamente. En otras palabras: también sé de mi cuerpo en la esfera de lo «científico oculto».

Si pudiese expandir mi cuerpo de modo tal que el mundo exterior entrase a formar parte integrante, por así decir, de mi vida corporal «endoempírica», me enteraría de dicho mundo exterior de la misma manera en que sé todo lo que se refiere a mi mismo y únicamente a mi mismo; es decir que tendría con respecto a lo exterior un saber científico de carácter oculto, tan susceptible de ser sistematizado como el saber científico de carácter físico; o, lo que es lo mismo, me vería en posesión de la ciencia oculta de carácter cósmico.

En cuanto examinamos esta noción más de cerca, vemos que ella pierde mucho de lo fantástico que muestra a primera vista. Al fin de cuentas, el tránsito hacia aquella noción es señalado por la vida cotidiana en mayor medida de lo que podría creerse en un principio. La misma percepción común de los sentidos está llena del secreto por el cual un objeto exterior pasa a convertirse en un elemento de interioridad, y, viceversa, una interioridad pasa a ser un elemento exterior.
Pero no es de esto que nos ocuparemos por el momento.

Pensemos, por ejemplo, en el «miedo a la tempestad». El miedo a la tempestad es, además de dicho «miedo», algo más; no se teme únicamente al relámpago y al trueno. La tormenta que desencadenó la naturaleza en el mundo exterior es la misma que desencadena nuestra alma dentro de nosotros, es decir, tormenta de la misma fuerza elemental «fuera» y «dentro» de nosotros.
O pensemos, por ejemplo, en el aroma de la rosa. Ese algo que vive y se exhala de la rosa se convierte dentro de mí en percepción del aroma, en vivencia psíquica que debo profundizar ahincadamente si quiero experimentar con ella la naturaleza, la esencia de la rosa.
O pensemos, en fin, en aquello que llamarnos compasión. ¿Acaso es algo mas que «pasión» ajena que se convierte en pasión propia, «saber oculto» de la pasión del prójimo?

Tratemos, pues, de llegar a fondo, al fin de esta posibilidad de existir que tiene el saber oculto del cosmos.
Para ello me referiré a una metáfora, a una de las metáforas más sugestivas que jamás se hayan empleado a propósito del problema del conocimiento. Pertenece al sabio maestro hindú Ramakrishna.

Éste compara el ya mencionado proceso de conocimiento con lo que ocurre cuando arrojamos un grano de sal al agua, frente a lo que ocurre cuando arrojamos al agua una piedra. El agua baila la piedra pero no la penetra, de modo que sólo toca su superficie. El agua será por siempre extraña y exterior a la piedra; ésta jamás podrá comunicarse con aquélla. ¡Qué mejor metáfora para expresar la forma de conocimiento científico de carácter físico de las cosas exteriores!

Con el grano de sal sucede algo distinto. La sal se disuelve en el agua, se funde con ella, la atraviesa inconmensurablemente; así se tratase de todo el océano, el grano de sal lo atravesaría, se haría «uno» con él, al extremo de que no se podría discernir si es la sal la que se disolvió en el agua o el agua en la sal; ambas, agua y sal, se han hecho «uno» en ese acto de comunión. Qué mejor metáfora para expresar aquella forma de conocimiento que hemos caracterizado de científica oculta! El yo se disuelve en el cosmos, se expande tanto que vive en el cosmos como en el propio cuerpo.

Y es entonces que percibimos este «cuerpocosmos» del mismo modo que en la vida habitual percibimos nuestro cuerpo, interiormente, como cumplimiento psíquicomental de nuestro yo.

Tratemos de aclarar con una figura geométrica el fundamento de esta noción. Tomemos una figura mística antiquísima: el pentagrama. (véase figura 1.)
Esta figura se obtiene prolongando los lados de un pentágono regular hasta los puntos de intersección. Uniendo estos puntos de intersección por líneas rectas, se obtiene un nuevo pentágono, en escala mayor que el primero; este procedimiento puede ser continuado hasta el infinito, comprobándose que el pentágono crece «hacia afuera». Pero el mismo procedimiento puede repetirse «hacia adentro». Si en el pentágono original trazamos las cinco diagonales, obtenemos una estrella de cinco puntas (pentagrama) en escala reducida; esta estrella lleva a su vez inscrito otro pentágono regular, en el cual puede volver a trazarse las diagonales, y así sucesivamente, hasta el infinito. El pentagrama posee la curiosa propiedad de poder crecer, según sus propias leyes, hacia afuera y hacia adentro hasta el infinito, esto es, que puede reproducir su crecimiento exterior por su crecimiento hacia adentro.

Pero continuemos nuestra ideación: supongamos que el pentágono fuese nuestro yo habitual, cotidiano. Si por algún secreto acto de carácter místico de la expansibilidad del yo se lograse llegar a inscribir dentro de nosotros todo aquello que vemos expandido como figura geométrica prolongada hasta lo inconmensurable, del mismo modo en que el grano de sal de la metáfora de Ramakrishna dejó penetrar el agua dentro de si, no tendríamos más necesidad que la de mirar dentro de nosotros mismos para reencontrar allí reproducida la imagen de lo exterior reducida hasta el infinito, o para decirlo con las palabras de los antiguos: el macrocosmos en el microcosmos, el mundo grande en el pequeño, el mundo exterior en el mundo interior.

En cuanto se rompen las vallas que lo mantenían confinado, el yo se convierte en fuente originaria de todo conocimiento científico de carácter oculto. Es por eso que sobre la entrada del templo de Apolo en Delfos se leían inscritas las siguientes palabras: «Conócete a ti mismo!», y que en el interior de dicho templo, es decir, sólo allí adonde podía llegar aquel que hubiese cumplido con la inscripción de la entrada, se leía la continuación de aquellas palabras: «Y conocerás a Dios» (1).

Lo expuesto podrá parecer a muchos mera divagación seudopoética, misticismo «oriental». De ahí que me parezca importante mostrar la forma que tales nociones han cobrado en el pensamiento de un pensador «occidental» que, a la vez que representante sobresaliente de las ciencias exactas, es uno de los filósofos alemanes más profundos: Gustav Theodor Fechner (2).

Este autor ha volcado los fundamentos de su filosofía en dos obras; una más amplia, que lleva el título de ZendAvesta, y otra, menor, que apareció bajo el título de Die Tagesansicht gegenüber der Nachtansicht (Visión de día y visión de noche).ZendAvesta, esto es, «palabra viva», conocimiento vivo: tal el nombre de su obra capital, que con ese título da a entender que su autor no «se retuerce» en un «huero hablar», no trabaja con conceptos abstractos sino que extrae su saber de la vivencia inmediata.

Fechner parte del hecho de que nuestro cuerpo está formado por millones de seres vivientes pequeñísimos: las así llamadas células. Cada una de estas células tiene una existencia relativamente independiente, tiene una vida propia dotada de todos los elementos inherentes a ella: metabolismo, asimilación, secreción, desarrollo, multiplicación y muerte. Y unidos a estos elementos exteriores de la vida, hemos de pensar que también han de desarrollarse procesos de vida interior, acaso bajo la forma de sensaciones extremadamente primitivas, oscuras, de placer y displacer. Ninguna de las células podrá percibir con carácter inmediato y claro el contenido de vida de otra célula integrante de un mismo cuerpo humano; pero el hombre cuyo cuerpo sea el producto de la integración de cada una de tales células con las demás, no aísla en sus percepciones la percepción de cada una de las células que integran su cuerpo, sino que reúne dichas percepciones celulares como suma que da por resultado su percepción total como ser humano. Pero esta suma no consiste en la mera adición de las percepciones parciales, sino que es, si se me permite decirlo, su reunión en una unidad superior, su unión en un plano más alto, tanto más alto cuanto mayor sea la altura a que esté la conciencia humana con respecto a la conciencia celular. La conciencia total de las células está contenida en la conciencia del ser humano como unidad superior. De ahí que el continuo reemplazo de células moribundas por otras células «sucesoras» no signifique ningún desgarramiento de la conciencia total del hombre; en la continuidad de su experiencia vital se incluye la continuidad de sus millones de células. Y viceversa, toda flaqueza del organismo humano considerado en su totalidad, toda inquietud, toda idea resultante del contacto con el medio ambiente, todo estado de ánimo, placer, dolor, ira, amor, satisfacción, desasosiego. serenidad, malestar, bienestar, en fin, todo lo que la conciencia humana percibe en su plano de humanidad, hallará la forma de manifestarse también «allá», en la conciencia celular, bajo forma de alteración oscuramente percibida de la vitalidad de las células, trátese de disminución de dicha vitalidad, o de un aumento de ella, según el ser humano se sienta deprimido o eufórico.

Imaginemos que una de tales células tuviese igual capacidad de discernimiento crítico que la que posee el hombre de cuyo organismo total aquella célula es parte mínima; ni aun en ese caso dicha célula tendría representación alguna del cuerpo total del ser humano, ni de su apariencia exterior que la célula jamás podría percibir. ni de su «interioridad»; tampoco tendría idea de la proveniencia de las alteraciones de su estado vital; lo único que podría creer es que tales alteraciones provienen de dentro de ella misma o resultan del contacto con las células inmediatamente próxima a ella. En cambio la idea de que forma parte no sólo física sino también psíquica y mental de un organismo superior, juntamente con millones de otras células y en la misma forma que éstas, más aún, la idea de que aquello que dicha célula había considerado siempre como su propia vida individual, independiente, no es más que una partícula de vida que debe su existencia y su esencia al hecho de estar integrando aquel organismo superior, del cual se producen -sin, que ella cobre conciencia- todos los impulsos y energías de la vida propia aparente de dicha célula, esta idea le parecería a ella fantástica e inaceptable, inconciliable con su pensamiento «exacto».

Si, en cambio, esta célula individual pudiese trasponer los límites de su conciencia celular para proyectarse hacia la conciencia superior del ser humano, entonces, a partir de esta nueva perspectiva, la célula comprendería la ley que determina su relación de dependencia con respecto a la totalidad del ser humano. Pero esta noción puede ser ampliada. El hombre, a su vez, no es más que una especie de célula dentro de un organismo superior. Del mismo modo, pues, en que se disponían las células individuales en el organismo humano, el hombre individual pasa a integrar un organismo de categoría superior, participando de la vida de este organismo en la misma forma en que la célula individual participaba de la vida del organismo humano, esto es, participando el hombre en forma «humana» de la vida de aquel organismo superior, aun cuando sus ojos de ser humano no logren contemplar ni reconocer jamás a dicho organismo.

Ahora bien, ¿dónde se encuentra ese organismo, ese ser superior del cual el ser humano no es más que una mínima célula? ¡Una única, perecedera célula de un cuerpo gigantesco!

Ese organismo gigantesco, que contiene a la totalidad de los seres humanos y, con ello, los pensamientos, sentimientos, inquietudes psíquicas, estados de ánimo, experiencias, percepciones, en fin, la totalidad de la vida física, psíquica y mental de todos los seres humanos de la Tierra, del mismo modo en que el cuerpo humano contenía la vida de todas las células que lo integraban, y no como suma, sino como unidad superior de todos estos contenidos de vida, ese organismo gigantesco que contiene aquella totalidad en un plano de conciencia superior, que sobrepasa el plano de la conciencia humana del mismo modo en que la conciencia humana sobrepasaba a la oscura conciencia celular, ese organismo gigantesco, es la Tierra.

La Tierra es un inmenso ser viviente, integrado no sólo por el «órgano» de la humanidad total, sino también por los órganos de la animalidad, de la «vegetalidad», de la mineralidad, de las aguas y los aires, de los fuegos, en fin, de todo lo que vemos «allá afuera», como mundo exterior perteneciente a la naturaleza, a la tierra; y todas estas partes integrantes viven orgánicamente en el cuerpo terráqueo, participan de su vida inconmensurable. Dentro del concierto de esta vida, el ser humano individual, con todo lo que piensa y siente, no es más que un pensamiento fugaz que germina en una relación de dependencia inconcebiblemente superior, de modo que toda ciencia y todo arte humanos no son más que una letra de una palabra superior que sólo puede pensar la Tierra.

Pero también esta noción de vida «superior», integrada en sí misma, puede ampliarse.
La Tierra, a la que Fechner asigna la categoría de «arcángel», no es, a su vez, más que una célula integrante de un organismo aún superior; juntamente con otras «células» semejantes a ella los restantes planetas de nuestro mundo solar, forma parto del sistema solar, del cosmos solar, del cual reciben ley y sentido de vida todos los planetas con sus satélites.

¡Pero sigamos adelante! Los millones de mundos solares de «allá afuera» integran, a su vez, un ser superior, supremo, en cuya conciencia cada uno de los mundos solares no es más que como una letra de la palabra universal, del verbo que fue «en el principio».

Y es así que todos somos miembros de un organismo inconmensurable, del cosmos, o, si se prefiere, de «Dios», que está dentro de nosotros en la misma medida en que nosotros estamos dentro de él. Y sólo es posible adquirir un saber de «dentro hacia fuera» o, como decíamos antes, un saber oculto de lo que está «allá afuera», porque adquirir dicho saber es sumergirse en el saber de Dios. Lleno de este conocimiento, decía el viejo místico:

«Si el ojo como el sol no fuera,
jamás podría el sol mirarlo.
Si Dios no fuese savia nuestra,
¿cómo podría arrebatarnos?»

GOETHE-PLOTINO

Pero no sigamos desarrollando esta noción. Sólo se trataba de mostrar cómo aquello que Ramakrishna quiso expresar con la metáfora del grano de sal, y que luego se aclararía aun más con la figura del pentagrama, se configura en la mente de un estudioso de las ciencias naturales, cómo el cuerpo humano puede considerarse puente que une el «acá» con el «allá», formando de este modo un importante punto de partida para la fundamentación de las ciencias ocultas en general y de la astrología en particular.

Pero este cuerpo humano, que hemos conocido, por así decir, como miembro físico de unión entre el saber profano y el saber oculto, no es el único puente. Hay otro puente entre el «acá» y el «allá» de naturaleza puramente mental. Nos está dado en forma de «saber» y,en cierto sentido, es cotidiano», aunque reviste categoría de ciencia y posee el valor de máxima y última exactitud. Esta ciencia que, por así decir, tiene una doble faz, una faz «oculta», vuelta hacia adentro, y una faz profana, vuelta hacia afuera, es la matemática. La matemática contiene todos los criterios de la cien oculta, pues sus objetos de conocimiento sólo pueden extraerse de la interioridad. De ahí que el saber matemático sea de carácter inmediato y no se base en ninguna experiencia externa; todo sujeto es testigo inmediato de su verdad, testigo en cuya interioridad se producen y elaboran siempre de nuevo aquellos objetos de conocimiento. El conocimiento matemático prescinde en medida tan absoluta de demostraciones externas como la medida en que prescinde de ellas nuestra individualidad, nuestro yo.

Esto podría inducir a alguien a considerar los objetos del conocimiento matemático, a pesar de sus relaciones perfectamente rigurosas, como meros productos de la imaginación; pero no debemos olvidar que nos encontramos frente a un hecho que, si bien en un principio más parece un milagro que una realidad, reviste categoría de producto comprobado; en efecto: los resultados, de la tal «imaginación» no sólo pueden ser aplicados al mundo exterior, extraño a nosotros, sino que además nos revelan la regularidad de dicho acaecer exterior, regularidad que sólo alcanza valor científico al poder ser expresada por medio de fórmulas matemáticas. Y es este hecho, únicamente este hecho, el que confiere ala matemática su valor de puente entre lo interior y lo exterior. Pues si bien, por ejemplo, ciertas formas cristalizadas en cubos, octaedros, tetraedros, etcétera, se nos presentan ‘allá afuera» corno plasmaciones naturales, originadas por fuerzas exteriores, las formas ideales geométricas en que se basan dichas plasmaciones se originan, por su parte, por vía netamente mental dentro de nosotros mismos, siendo productos (le génesis mental que apuntan a una relación oculta entre lo exterior y la interioridad, relación que sería una fuente común a ambas, exterioridad e interioridad. La matemática, la revelación viviente de. la vida oculta del número en sí mismo; las partes provenientes de la unidad han tenido su origen, lo mismo que en la multiplicación de las células, por «partición» (partus = nacimiento) de dicha unidad. Es en este sentido que LaoTsé dice lo siguiente acerca de los números: el uno procrea el dos, el uno y el dos reunidos procrean el tres, y el uno, el dos y el tres reunidos procrean los restantes números.
Todo conocimiento matemático constituye un saber nacido de la unidad, un saber oculto, vivo, único. Pero dentro de los límites de este saber aritmético de carácter oculto, tales números no se manifiestan como medidas de expansión en el espacio y el tiempo, sino como sistema natural de la relación orgánica viviente entre el uno original y las partes de él provenientes, en las cuales se diferencia «interiormente». Lo que de este modo se vive por el número es la conciencia de la armonía entre el cosmos como unidad grande y el yo como unidad pequeña, o la forma universal de la relación cósmica, de que hablábamos al comienzo, entre el uno y sus partes. Y de esta experiencia tenemos un ejemplo de carácter cotidiano que, por así decir, se nos da como repercusión semiprofana, terrena, de aquella armonía cósmica: la música. La música es experiencia aritmética de carácter inmediato, interno. Es una especie de mensaje de las relaciones internas del cosmos; es en este sentido que hablaban los antiguos de la «armonía de las esferas» y que Goethe ponía en boca de Rafael (en elFausto) los versos siguientes:

«El sol compite desde antiguo
con las esferas en cantar.»

No debe, pues, asombrarnos que hasta el gran Johannes Kepler llegase necesariamente a ideas semejantes a aquellas.
En su obra capital Harmonices mundi (armonías del cosmos), Kepler trata de probar, como Fechner, que la Tierra es un enorme ser viviente, dotado de asimilación, secreción, etcétera. También los planetas son enormes seres vivientes similares a la Tierra, y la Tierra se halla con respecto a ellos en una ininterrumpida relación de intercambio, como lo está, por ejemplo, el ser humano con respecto a sus semejantes. De modo que cuando un ser humano nace en esta Tierra en un determinado momento, cuando, por así decir, la Tierra lo da a luz, es evidente que dicho hombre llevará dentro de sí como «dote» el temple fundamental, la disposición que en ese momento dominaba al mundo planetario; es evidente que llevará dentro de sí, como ley de su futura vida individual, la idea que en aquel momento «pensaría» la Tierra en diálogo con el cosmos, y que tal idea será la tónica de su vida, la expresión de la ley «por la que naciera»:

«Como en el día que te dio a este mundo
lanzaba el sol su salva a los planetas,
fuiste creciendo más y más al punto,
según la ley por la que tú narras.»

GOETHE, palabras órficas.

Por de pronto, esta exposición está destinada a dar una idea general de la noción fundamental de la astrología como ciencia oculta.

Volvamos a cotejar la posición de la ciencia física con respecto al mundo cósmico.
Para ello basémonos nuevamente en Fechner. Este genial investigador no sólo nos revela en el Zend-Avesta, en cierta medida, el sentido de la metáfora de Ramakrishna del grano de sal, sin haber conocido dicha metáfora, sino que también nos revela el sentido de la otra metáfora, la de la piedra, en la otra de sus obras mencionadas:Visión de día y visión de noche. Fechner entiende por «visión de día» la idea fundamental de la vida universal anteriormente desarrollada, según la cual toda vida individual es parte orgánicamente integrante de aquella totalidad viviente, participación viva que se irradia a través del cosmos y que lo mismo luce fuera que dentro de nosotros.

Por «visión de noche» entiende Fechner una cosmovisión según la cual el mundo exterior sólo puede ser conocido en su totalidad cuando la «apariencia» que nos brinda se libera de todo aquello que implique experiencia humana como aporte consciente o inconsciente a la formación de dicha apariencia, esto es, cuando se la despoje de todo lo que pertenezca a la sensibilidad, al dolor y al placer, o, en una palabra, a la «subjetividad» del ser humano. Claro que en dicha subjetividad van incluidas también las cualidades sensoriales como meras formas de función de los órganos de los sentidos del ser humano (luz, sonido, calor, olor, sabor, etcétera).

¿Qué nos queda, pues, de este mundo nuestro otrora tan obvio? Nada, nada más que la visión de un mundo nocturno, liberado de toda subjetividad, mundo en el que ya no aparecemos con nuestro presuntuoso yo. Este mundo es oscuro y mudo, no tiene alma ni mente, ni hay puente que lleve a él, a este mundo muerto, salvo el puente del engaño. Desde luego, un mundo en que no vale la pena vivir no es conclusión de sabiduría última, resultante de esta cosmovisión que acabamos de exponer; de ningún modo consideramos que los pensamientos y sentimientos propios del ser humano sean meras ilusiones insignificantes, añadidura superflua al único estado real de los hechos, esto es, a un acaecer variable y sin alma: la eterna ronda de los átomos.

No. Este contraste no podría ser más grotesco, este contraste entre un mundo puramente objetivo, oscuro, sin alma, que nos contiene a los seres humanos como mero complejo atómico automáticamente variable, y la vida cálida y llena de luz de la que nosotros, con todo lo que nos mueve íntimamente, somos parte orgánica integrante. No podría ser más grotesco el abismo abierto entre esta «visión nocturna» del materialismo, que, por cierto, ganó para sí un mundo «objetivo» a cambio de la pérdida del alma, y la visión del mundo dada por la ciencia oculta; no podría ser más grotesco, decíamos, que en el contraste entre la astronomía de nuestro tiempo y la astrología como ciencia oculta. Un escritor materialista, autor de obras de divulgación científica, expresó la frase siguiente para explicar el triunfo del pensamiento moderno: «Antes se creía que el sol era de naturaleza divina; ahora se sabe que es una bola de gas incandescente.» ¿No se podría decir con el mismo derecho que antes se creía que las sinfonías de Beethoven eran excelsas obras de arte y que ahora se sabe que no son más que masas de aire que vibran? O lo siguiente: «ayer creía que tú, ¡oh escritor que escribiste las palabras arriba mencionadas, eras un ser pensante; en cambio ahora sé que no eres más que una combinación química de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno y algunas otras sales minerales!» ¿No se podría decir esto con el mismo derecho?

Pero lo grotesco de tal ciencia, que, como dice Goethe, «tiene las partes en la mano pero no el lazo mental para unirlas porque le falta el valor de buscarlo», lo grotesco de tal ciencia va aún más lejos. Sigamos un ejemplo utilizado por el escritor oculto Papus: «Mira este libro. ¿En qué consiste su índole y cómo podrás descubrirla? Mira,tiene tantas páginas, mide tantos centímetros de largo, ancho y grosor, pesa tantos gramos, contiene tantas letras de tal y tal tamaño, el papel está confeccionado con tanto y tanto de carbono, oxígeno, etcétera. ¿No constituye todo esto una maravillosa ciencia? Pero si se replica: ¿Cómo? ¿Esta ciencia te satisface? ¿Consideras que con esto ya conoces el libro? ¿Jamás tuviste el deseo de leerlo? ¿Acaso dejaste de intentar de leerlo por considerar que esto no sería más que un devaneo metafísico? ¡Anda! ¡Cobra valor y trata de leerlo! Experimentarás algo curioso: el libro muerto te hablará «como un espíritu habla a otro espíritu».

De este modo, lo que enseña la astronomía es como la medida externa de un libro gigantesco que ella «mide» con la más escrupulosa exactitud. La astronomía conoce al dedillo las medidas de todos los planetas y sus órbitas, conoce su tiempo de rotación y su período de revolución, conoce la materia de que están formados los soles más remotos. ¿No es esta una ciencia maravillosa? Pero ¿te satisface esta ciencia? ¿Jamás sentiste la necesidad de buscar, más allá de todas estas medidas y números, elsentido, el sentido de aquellos signos, el sentido por el cual la astronomía vuelve a ser la astrología de la cual se segregó hace mucho tiempo? Pero para develar este sentido hemos de tener el valor de aprender a usar la clave cifrada, oculta, que nos permita leer ese libro gigantesco que llevamos imperdiblemente dentro de nosotros. Y ese libro se nos brinda bajo una forma doble: como el propio cuerpo humano y como número.

Sobre la base de estos dos elementos fundamentales se edificará el viejo y sagrado patrimonio del conocimiento astrológico. Trataremos, dicho sea con toda modestia, de penetrar, apoyados en aquellos dos elementos auxiliares, en el «interior de la naturaleza». Paso a paso intentaremos conquistar un saber que en otro tiempo -en tiempos ya largamente extinguidos- vivía kat’exochén en el corazón del hombre, el saber de las grandes relaciones cósmicas que nos abarcan a todos y a cada uno de nosotros como miembros imperdibles del Todo inconmensurable.

Sírvanos para ello de estímulo la respuesta que dio Goethe a aquellos que, con Albrecht von Haller, consideraban eternamente inescrutable el «interior de la naturaleza»:

«Es una la naturaleza:
no tiene germen ni corteza.
Pruébate a fondo en lo que fueres:
si germen o corteza eres.»

y más adelante:

«Seguís la pista espuria;
no creáis que bromeamos.
¿No es el germen de la natura
el corazón humano?
«

Con esto concluiremos por hoy. Que cada uno de ustedes se lleve de aquí como disposición, como temple fundamental de lo que se dijo, la idea de una unidad grande y viviente, cuyo testigo inmediato, adherente, es el «yo» de cada uno, el yo como guía de la ciencia oculta más antigua de la humanidad: la astrología.

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